RAZON Y FE EN EL VIVIR Y MORIR


RAZON Y FE EN EL VIVIR Y MORIR

 

En recuerdo de mi Tía Fanny

 

La desaparición física de un ser querido siempre es dolorosa. El fin de una vida humana, si bien es un acto natural, no siempre logra ser asimilado con entereza por quienes aún respiramos. Hay que tener un talante muy especial para aceptar la muerte. Cristianamente, el centro de la doctrina, es la salvación. Sin ese precepto no creo que ninguna fe se sostenga. Esa esperanza robustecida por la sin razón permite que millones de creyentes afronten el fin con un mínimo de cordura, y hasta una relativa paz.

La fe de acuerdo a Hebreos es: la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Esa “convicción de lo que no se ve” es el eje de toda fe, e incluso, de la misma existencia de Dios. Un Dios paradójico, estruendoso y silencioso a la vez, hacedor de milagros como la existencia humana misma y su hábitat en la Tierra, aunque misterioso en sus designios místicos y voluntad final en la historia. Nunca sabremos entender a Dios, sólo aceptarlo, lo cual implica una profunda e íntima confianza en su bondad y amor, a la cual no siempre sabemos corresponder.

Si Dios hizo al hombre para la muerte y no para la vida, sería entonces un muy “pobre Dios” de acuerdo al P. Palmar. La muerte en todo caso, y ese es el ritual de la despedida junto al duelo, sólo representa la liberación del cuerpo oprimido hacia un destino espiritualmente pleno y mejor. Con el agregado, nada desestimable por cierto, del reencuentro con todos nuestros muertos queridos, que estarían ya resucitados y en conocimiento pleno de Dios, es decir, la dicha.

Mary Shelley (1797-1851), una autora genial, se inventó el “Frankenstein” (1818) para competir con Dios y emularlo en eso de crear y destruir vidas sólo que a través del optimismo de la ciencia. El resultado le fue catastrófico. Aunque puso en evidencia el gran malestar de la civilización sobre un vivir precario y la insatisfacción que produce la muerte, aunque el monstruo mal querido encuentre en el fin, su más completa liberación a tantos pesares y desprecios humanos.  En otro giro de la misma idea, aunque igual de tenebrosa, tenemos a Jorge Luis Borges (1899-1986) y su cuento “El Inmortal” (1949) donde nos presenta a la raza de los inmortales, quienes hastiados de tanto vivir, sólo desean el aniquilamiento.

Vivimos para morir, y es tan poderosa la existencia con sus placeres y afectos, que nadie hace una cola en la puerta de los cementerios. Una vez más, la paradoja. La muerte como acto festivo contrasta con la ignorancia absoluta sobre esa morada final que albergará a las almas. Ni siquiera Dante Alighieri (1265-1321) en la “Divina Comedia” (1304) es rotundo al describirnos un cielo astrológico incorruptible y eterno que aliente a sus afortunados huéspedes. Es más, los críticos de su obra han manifestado que la  pintura que hace del Infierno y sus nueve círculos es hasta mucho más atractiva y contundente para los potenciales réprobos. Sólo es literatura, aunque de la muy buena.

Estas disquisiciones teológicas y filosóficas fueron una constante preocupación del gran cineasta sueco: Ingmar Bergman (1918-2007). En “El Séptimo Sello” (1957) nos dice lo siguiente: “Yo quiero entender, no creer… No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable…”. El silencio de Dios atormentó a un creyente con dudas, a un hijo de pastor luterano adoctrinado alrededor de conceptos como el pecado, la confesión, los castigos y el perdón. Bergman trata de asirse a Dios a través de un duelo de ajedrez con la misma muerte.

El tormento de una vida sin sentido convierte el fin en una desilusión. “He gastado mi vida en diversiones, viajes, charlas sin sentido. Mi vida ha sido un continuo absurdo. Creo que me arrepiento. ¡Fui un necio! En esta hora siento amargura por el tiempo perdido, aunque sé que la vida de casi todos los hombres corre por los mismos cauces. Por eso quiero emplear esa prórroga en una acción única que me de la paz”.

El aliento de vida es un deseo de eternidad frustrado por la muerte, aunque se nos diga en cada homilía que esto no es así. Y con todo, albergamos la esperanza de creer. Unos, más que otros. “¿Qué va a ser de nosotros los que queremos creer y no podemos?” (Bergman). Mientras tanto, y sobrellevando una fe menguada, procuremos vivir con intensidad y agradecimiento.

ANGEL RAFAEL LOMBARDI BOSCAN

@lombardiboscan

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